
Cuando era niño, Internet era un lugar de mi casa. Un escritorio barato de madera de pino sobre el que reposaba un monitor de tubo de tamaño masivo, junto a él: una torre o CPU de color negro. Bajo el escritorio, una bandeja deslizante que escondía el teclado; teclado sobre el que, sin saberlo, iba a escribir la que hoy es mi identidad. Recuerdo la primera vez que navegué, el primer día que usé Google, el primer vídeo que busqué en YouTube. Pero también recuerdo mi vida antes de que todo esto existiera. Me tomo la licencia para hablar en nombre de mi generación; de aquellos y aquellas que fuimos los últimos en utilizar un walkman, de aquellos y aquellas que fuimos los últimos en memorizar los teléfonos fijos de nuestros compañeros de clase, de aquellos y aquellas que fuimos los últimos en ver la vida pasar sin la necesidad de consumir estímulos de forma enfermiza. Me tomo la licencia para hablar en nombre de mi generación; de aquellos y aquellas que vieron como todo lo que conocían acabó siendo brutalmente asesinado por el Mundo Digital. O eso es lo que se suele decir.
Mi realidad, quizá alterada por infinidad de motivos ajenos a esta obra, es algo menos nostálgica. Viví ese salto tecnológico durante mi infancia y tuve la suerte de familiarizarme rápidamente con ello. Antes de saber qué significaba, ya formaba parte del Mundo Digital. Pasaba tardes enteras delante de un recipiente de información ilimitada y sin ningún tipo de supervisión. (No te sientas mal, Papá, ¿cómo ibas a saberlo?) Pero como dije al principio, este Mundo Digital no era nada más que un lugar de mi casa, un espacio que podía abandonar cuando yo quisiera, una ventana que podía abrir o cerrar cuando soplase la brisa. La pantalla del ordenador era un búnker insondable que no interfería en el “Mundo Real”. Unos años más tarde, Steve Jobs presentó el primer modelo de iPhone. Aparecieron las primeras redes sociales. Todos empezamos a tener Internet en el bolsillo. (Fragmento de texto)Pobre Lucca
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