
Desde muy pequeña se ha tratado mi sensibilidad como si esto fuera algo que corregir, “la niña es muy peliculera”, “ no llores que te pones mú fea” o incluso me han llegado a decir “mártir” cuando ni siquiera podía imaginar qué significaba esta palabra. Siempre he sido muy justiciera tanto, que llegué a pegarle a mi brazo de 8 años hasta hacerle una contusión con tal de tener un justificante médico que demostrara que me habían pegado en el colegio, a lo que mi profesora contestó, déjate de telenovelas.
Pensarquenecesito pruebastangiblesyexageradasdemipropiosufrimientoesalgoqueme acompaña desde entonces, y ahora se ha convertido en un síndrome del impostor como un demonio grande. Mi obra es una prueba de esto, dado que las fotos utilizadas son algunas de las tantas que empecé a subir a Instagram hace años para tener algo que me recordara que era legítimo sentirme así, pero sobre todo, era una prueba de que no me lo estaba inventando. Estas imágenes realizadas con pétalos de rosas impresas sobre terciopelo que te miran directamente a los ojos, son una llamada de atención dulcificada.
Ana Catalina Emmerick encontró una confirmación de su fe a través de encontrar en su cuerpo estigmas similares a las heridas sufridas por Jesús durante la crucifixión. Estas marcas eran consideradas una señal divina de su unión mística con Cristo, por lo que mis imágenes subidas a instagram podrían ser la Sangre de San Genaro Encerrada en dos ampollas conservadas en la Catedral de Nápoles, si algún día me santifican.
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